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"Haz el amor y no la guerra". El mayo francés se encargó de amplificar esa consigna hippy con efectos insospechados. La revuelta contestataria del 68, contra la burguesía y el capitalismo o los totalitarismos, permitió blandir la bandera de la libertad, empezando por la del propio cuerpo. La sexualidad debía ser libre o no ser, aunque para ello hubiera que abrazar la promiscuidad, tragarse los celos con quinina o participar en orgías con más o menos estupefacción. ¿Lo disfrutaron? Seguro.

La Vanguardia.es
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"Estaba mal planteada de entrada, porque lo único que sabíamos era lo que no queríamos. No queríamos ser como nuestras madres. Nos parecía que ellas no tenían vida sexual, que se entregaban desde la sumisión o el desinterés. Pero no teníamos ni idea del deseo. Y era lo fundamental. Había que liberarse de la represión y esto trajo mucho sexo pero poco erotismo". Quien así habla es la escritora y crítica Laura Freixas, cuya adolescencia coincidió con la muerte de Franco, en una España que heredaba entonces la energía del mayo francés.

"Sólo teníamos claro no casarnos vírgenes ni con alguien que fuera de putas. Discutíamos sobre si orgasmo vaginal o clitoriano, pero nos faltaba la afirmación del propio deseo. Porque la mujer que sentía deseo estaba mal vista. O eras mojigata o eras puta, de modo que adoptamos el papel prohibido, sin saber cómo funcionaba el placer", explica.

Curiosamente, muchas voces masculinas convienen en que, en aquel fragor de la batalla, las mujeres seguían siendo las que escogían, mientras que el recuerdo de muchas de ellas es de un sexo ignorante basado en el deseo del hombre. "Si te negabas te soltaban ´tía, tú no estás liberada, tanto da con quién te acuestes´, y acababas en la cama con todos. Fueron años de experimentación necesaria – añade Freixas-, pero el modelo que seguimos era el masculino, el de la promiscuidad y lo intercambiable. Sentíamos rabia contra el modelo de mujer romántica y vulnerable. No era una relación igualitaria".

 

La imposición, no obstante, también la sufría el sexo masculino. El catedrático de Historia Medieval José Enrique Ruiz-Domènec recuerda que no se le perdonó no participar en una orgía. "Se unían dos aspiraciones difícilmente conjugables: el ansia de renovación y emancipación de los valores antiguos y ñoños y, al mismo tiempo, una especie de imposición de tono revolucionario casi maoísta, totalitario. Pero la libertad es decir no".
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Los estragos del espíritu del 68 fueron una realidad. El amor quedaba diluido en la entrega militante; se seducía con las ideas, se iba a la cama con ellas. En España, la revolución tenía un 80% de cultural, y la sexualidad estaba incluida. Teatro, cine, música. No se temía a las enfermedades sino a la censura. El sexo era un acto de libertad. En este sentido, se fragilizaron mucho las parejas. El amor estaba en manos de la masa. "Había principios sesentayochistas criminales – dice Ruiz-Domènec-: uno era considerar los celos un mal cultural burgués, lo que significaba que tu pareja podía tontear a tu lado o practicar el sexo y tú tenías que quedarte tan feliz. Y dos, la apertura de conciencia: había que compartir secretos, tu pareja te contaba la experiencia que había tenido con tu amigo mientras te decía que te quería…, te quedabas con cara extraña pensando ´somos modernos, es lo normal´. Algunas veces, la gente no era ni consciente, estaba fumada. A mí me pareció un error político, que no moral".

"Y se practicaba; nunca como entonces. El sexo no surgía del aura de enamoramiento, no eran necesarios esos pasos retóricos. Y entendimos que la fidelidad era otra cosa. El 68 era fruto de todo eso".

 

Tampoco el actor Jordi Dauder, quien evoca con pasión los hechos del mayo francés, considera el fenómeno del amor libre más que una anécdota en aquel contexto. "La revolución sexual estaba integrada en la transformación que se venía gestando. Fue una revolución sin armas y sin toma de poder, una transformación de las relaciones entre seres humanos. Y triunfó, sí. Aquella sociedad no daba más de sí".
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Si bien el movimiento de Mayo 68 empieza con un fuerte impulso de una parte de la izquierda, no partidista u organizada, explica Teodoro Bustamante, catedrático de Flacso, la herencia que deja lo ocurrido en este año es una izquierda “que fracasa, que pierde una parte de sus bases sindicales y entra en una lucha autodestructiva, fundamentalmente entre el troskismo y el maoísmo”. “Lo que se planteó (en Mayo del 68) no fue una lucha por el salario, fue una lucha por una sociedad con menos represión política, social, sexual, artística...”.

 

En Estados Unidos la juventud fue convocada desde California a vivir el verano del amor. San Francisco recibió a más de 100.000 jóvenes; todos ellos, como reclamaba la canción de Scout MacKenzie, con flores pacifistas en la cabeza. Por todas partes estallaron el amor, el alcohol, la marihuana y las flores. Pareciera que el advenimiento de Dionisios y Eros anunciado por los filósofos vitalistas hubiera sido la profecía del nuevo tiempo. Y, efectivamente, el problema fue que pronto el concepto de Eros perdió su sentido original de amor, de deseo de otro, y pasó a tener el significado, dado por el pensamiento 68, de sexo placentero. No por casualidad al coito se le llamó “hacer el amor”. Algunos terminaron en la cuneta hartos de heroína, y otros hastiados de sexo, placer satisfecho y miseria. Pero la mayoría de ellos, al igual que el resto de la sociedad posmoderna surgida del 68, se hartó de consumo, de satisfacción hedonista y en muchos casos de una nueva moral sexual que cambió totalmente el sentido del sexo y el amor en la sociedad occidental.
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En todo el mundo accidental, la liberalización de las costumbres especialmente en las relaciones entre sexos y la liberación sexual caminaron de la mano con el nuevo papel que las mujeres reivindicaban en la sociedad. Su incorporación masiva al mundo del trabajo, puso en cuestión los tradicionales roles asignados a la mujer como madre de familia y esposa, al tiempo que comenzó a cultivar su autonomía e independencia; a reivindicar la capacidad de decidir sobre su propio cuerpo y sexualidad.

 

Hablamos del momento en que nace el movimiento feminista marcando un cambio respecto del discurso, el eco y apoyo social de los movimientos sufragistas de principios de siglo. Se inician las campañas en favor del divorcio, del derecho de aborto, de la igualdad de salarios y de la no discriminación por razones de sexo.
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